El tiempo
9 enero 2004
La primera vez que ella lloraba por un desconocido, fue en aquel agitado y desconcertante atardecer en que los hechos se sucedieron uno tras otro con una prontitud, con una celeridad, que hasta un hombre con el temple de acero también se hubiera sentido tan confundido como lo estaba la joven Lucia, sus trémulas manos se aferraban a las desgastadas libretas, mientras la escurridiza cartera iba y venía estremecida por el agitado paso de ella. El nudo en la garganta, el molestoso humo tanto de las gomas incendiadas así como de las bombas lacrimógenas que incesantemente eran lanzadas por los agentes de la policía que comenzaban a ocupar paulatinamente el recinto universitario en busca, supuestamente de armas que se estaban guardando por grupos de izquierda en la ciudad universitaria, la estremecida multitud de la que ella formaba parte, aglomerándose en las principales salidas, las más seguras para salir sin ser apresado o ser heridos por las balas que eran disparadas por los agentes del orden, hacia inalcanzable el lento paso de el tiempo. Muchos de los estudiantes caían en el agobiado terreno donde las rápidas pisadas marcaban en los debilitados cuerpos caídos y en el terreno mismo, el nerviosismo, el inexplicable deseo de escapar hacia ningún lugar. Cuando al fin pudo escurrirse por la parte de atrás del Aula Magna, la oscuridad maliciosa, se había apoderado del entorno, llenándolo de fantasmas vestidos de policías, el nudo en la garganta le había resecado los hermosos labios, pero ya el molestoso ardor de aquellos gases iba desapareciendo poco a poco, hasta ser olvidado por completo por Lucia.
Su paso ya no tenía la celeridad de cuando aun estaba atrapada en la universidad, el pensamiento agitado, fugaz de hace apenas unos minutos, se transformó en aquella melodía, que para ella era casi un himno, un grito de guerra: Ay mi ciudad, ciudad universitaria, tengo miedo de ti, y de tus des-alegrías, ay mi ciudad, ciudad universitaria, quien ha puesto detrás de cada flor, un policía. Le parecía estar sentada en una liberada plazoleta escuchando de la cantante puertorriqueña Mona Marti esa canción, y aunque parezca una incongruencia, se sentía llena de paz, llena de casi amor, de casi perdón.
Su llegada a la casa fue lenta, pero aquella sensación de agitación, de temor, e inclusive el aparente odio hacía los uniformados que despertó en ella, había desaparecido, como si nunca hubiera existido, de hecho siempre le pasaba igual, aunque el recelo que experimentaba cada vez que veía a un policía fue aumentando en una espiral interminable. Aun así, en ese momento todo era parte del pasado, ahora podía ver su calle tan cerca de ella, que le parecía poder tocarla con las manos, vino a su mente, sus padres, deben estar preocupados pensó, entonces comenzó a correr tan rápido como lo había hecho en la universidad, sólo que ahora una sonrisa se dibujaba en su rostro, quería abrazar a su madre, besar a su padre y decirle que les quería mientras ellos le peinaban su hermosa cabellera y secaban sus lágrimas en la felicidad de tenerla sana y salva como decía su madre Antonia, cuando pasaban esos desordenes en la universidad.
Sus padres inmóviles, como efigies entrelazadas por sus trémulas manos, sin pestañar, sin decir palabras, y con ese nudo en la garganta que ni el silencio hubiera podido salir de aquellos labios, la esperaban pacientemente en la galería, algunas veces Manuel, el padre de Lucia trataba de escribir con uno de sus dedos el nombre de su hija en el pasamano de la galería; Antonia, con dificultad detenía las lágrimas que se apresuraban sobre sus enrojecidos ojos color negro, pasando su mano con lentitud sobre ellos. Al fin reconocieron el caminar presuroso de su querida Lucia, una sonrisa comenzó a trazarse en los labios de ambos y también las retenidas lágrimas comenzaron a fluir libremente, no solo de los ojos de Manuel y Antonia sino también de Lucia. La felicidad era inmensa, los agitados corazones iniciaron su dialogo secreto y la pequeña Lucia se sentía tan segura, tan querida, que aquellos momentos eran para ella el significado real de la vida, aquellos pequeños momentos lo eran todo para ella.
-Estábamos tan asustados Lucia, dijo Antonia, mientras secaba las lágrimas del rostro de su pequeña niña, y más cuando supimos que había caído herida la joven esa, coma se llama, Sagrario Díaz.
-Que mamá, quien cayó herida, preguntó Lucia, mirando a su madre con curiosidad, en su frente se marcó toda la duda, todo el dolor y la tristeza que pudiera soportar. Nunca pensó la joven que ese 4 de abril de 1972 sería decisivo en el cambio que experimentaría su forma de ser, su forma de actuar, su forma de ver la sociedad, las luchas sociales y el enfrentamiento que hasta ese momento le parecía innecesario, con las autoridades, los agentes del orden y los agentes paramilitares que convivían en la sociedad dominicana.
La ocupación de la universidad duraría unos dos meses y el estado de coma de la joven estudiante Sagrario Díaz se extendería hasta el 14 de abril de ese mismo año, cuando fallecía. Para Lucia fueron los diez días más lentos que jamás hubiera vivido, las noches eran interminables y los días eran inmensamente tristes y confusos. Muchos de esos días los pasó en las interminables vigilias efectuadas en la clínica Gómez Patiño, donde estaba interna y moriría la mártir, diez días después. En una de esas tardes de primavera conoció a varios estudiantes miembros del MPD, del desaparecido movimiento 14 de junio (1J4) y otros grupos de izquierda que la irían introduciendo en el mundo revolucionario que imperaba en la época. Marcos e Ileana, fueron los que más influyeron en ella y se mantendría a su lado, hasta hacerla parte de un grupo tan radical, y de tanta agresividad como los que el 24 de marzo del 1970 habían secuestrado al agregado militar de la embajada estadounidense Donald Crowley, consiguiendo la liberta de varios compañeros revolucionarios, entre ellos el conocido Maximiliano Gómez alias “el moreno”, quien moriría un año más tarde el 23 de marzo del 1971 en su exilio de Bruselas, producto aparentemente, de una conspiración. Esa era la meta vencer al enemigo con espectaculares golpes de mano, que le debilitaran y le hicieran perderle el respeto. La lucha era desigual, pero el entusiasmo haría la diferencia.
Lucia, llena de sueños de libertad para su pueblo, entendía que era su momento de entrar en la historia dominicana haciendo ese sacrificio de entrega total para llevarle a su gente, “a las sufridas masas desprotegidas y empobrecidas, agobiado por los abusos de poder, la paz, la alegría y toda la libertad que el pueblo mismo por medio de un gobierno netamente popular, salido de sus entrañas, podría darse”. El tiempo es nuestro, pensó, cerrando sus ojos, totalmente convencida.
Cuando el sol intentaba tropezar con lo que parecía ser el final de la avenida, dándole un matiz anaranjado al hasta entonces azulado cielo y enrojeciendo el entorno de las blancas y grisáceas nubes, Ileana se hincó frente a Lucia, que estuvo sentada por largo rato en el contén de la avenida Independencia, donde otros jóvenes le acompañaban y donde las eternas caobas hacían su guardia de honor a cada lado de la vía, Ileana posó sus manos sobre las rodillas de Lucia invitándola a una reunión decisiva para el grupo que se efectuaría al finalizar la tarde, en ella se trazarían unas metas que, en el menor de los casos tendrían que conseguirse por lo menos en un ochenta por ciento.
El caminar de las jóvenes fue silencioso, ceremonioso, cabizbajas las compañeras llegaron hasta el lugar de la cita, una casa de madera de estilo victoriano situada en la calle Santiago ubicada más al norte y corriendo en la misma dirección, este-oeste que la avenida Independencia que era donde se localizaba la clínica donde se encontraba recluida en estado de coma la estudiante Díaz. La citada casa estaba adornada por un hermoso jardín donde podían verse desde frondosos laureles, rosales de rosas rojas, amarillas y rosadas, hasta una gran variedad de escrotos y árboles frutales como cerezas, naranjas y cajuilitos que eran las delicias de los aves que frecuentaban aquel lugar durante todo el día y de los mozalbetes de sector de Gazcue, que salpicaban de semillas y residuos de frutos la hierba del inmenso vergel. Los mosaicos rojos con betas rosadas, blancas y negras que cubrían la inmensa galería estaban salpicadas de reflejos producidos por las azulinas luces de la calle que ya para esa hora, las 7:23 PM, estaban encendidas dejando caer sus destellos sobre los pisos, las paredes y los verduscos follajes de los árboles. Un murmullo se alcanzaba a escuchar en el interior de la vivienda y un olor a cigarrillo e incienso se percibía en el espacio. Lucia no pudo ocultar su temor, sus manos comenzaron a temblar mientras sus ojos de un verde claro, se fueron fijando en cada pared, en cada adorno, en cada luminaria que encontraran en su inusual recorrido, parecía como si quisiera guardar en su memoria aquel espacio, aquellos diferentes ambientes que se les iban presentando, Ileana le apretó la mano, sintiendo al tocarla como si hubiera tocado la mano de una muerta, el frío de aquellas manos salpicaron de miedo a la aguerrida Ileana, quien trató de calmarla con una caricia sobre la cabellera de la iniciada joven.
-No te asuste Lucia, somos tus amigos y queremos lo mejor para ti, y para nuestra gente, por eso luchamos, dijo Ileana, sonriéndole con ternura. Lucia apretó la mano de su compañera reciprocándole la sonrisa con otra sonrisa.
-Llegaron, se escuchó una queda voz murmurar en uno de los pasillos de la casa. Lucia posó su mirada en la incipiente barba de Ernesto, este apretó su boca en un gesto que quiso ser saludo, quedándose en mueca, ella buscó refugio en los ojos de Ileana, quien la besó en la mejilla, mientras pellizcaba al odioso de Ernesto por la barriga, el instintivamente apartó su cuerpo de las serpentinas manos de la comandante Ileana, como a ella le gustaba que le dijeran.
Ernesto les abrió la puerta de la habitación donde se había improvisado una oficina en la que frecuentemente se realizaban las reuniones del grupo, en las paredes, pintadas de un rojo molestoso, se veían enormes fotos del che Guevara, el comandante Castro, ambos con traje de camuflaje, y los dirigentes emepedeistas Manolo Tavárez y Amín Abel. Marcos se puso de pie saludando a las jóvenes que se integraban a la reunión, aprovechando para presentar a la catequizada Lucia al grupo, todos la miraron, y en un hierático pero silencioso acto fue acogida con entusiasmo por todos. En total eran siete personas las que se encontraban en la espaciosa habitación en aquel momento: Lucia, Ileana, Marcos con la colilla de un cigarrillo Constanza en su boca, sus ojos grandes y negros parecían hablar, Ernesto con su incipiente barba que nunca terminaba de crecer, sus cabellos rojizo y crespo le dieron el alias de javao, Ernesto el javao, así le llamaban todos, Manuel, José y Milo Arias, los tres hermanos, inseparables en las buenas y las malas, que eran las más, y Alonso que desempeñaba las funciones de dirigente del grupo, sus lentes de gruesos cristales le daban un aspecto de inteligencia que el aprovechaba al máximo haciendo que sus ideas fueran en la mayoría de las ocasiones aceptadas sin dificultad, por más descabellada que fueran, a sus palabras solo le faltaban el estribillo religioso de amén al final. Era delgado y alto, de unos seis pies de estatura que le daban un aspecto enfermizo aunque no fuera el caso. Sus brazos cuando señalaban algo se extendían de tal manera que parecía que alcanzaría el cielo si lo quisiera, al final de la mano como extensión de la misma, se veía inquieto un enorme tabaco, humeante como siempre. Era un cerdo, decían las mujeres que habían compartido con el, pues entendía que las mujeres eran eso, mujeres, una excusa para pasar el rato, el camino para aumentar el número de pobres, y por ende más combatientes para su guerra, “para su gesta heroica en contra del imperialismo y de la oligarquía explotadora e insaciable”. Vestido con camisa militar y pantalones de jeans miró a la joven con desconfianza, sus ojos se fijaron en los de ella tratando de interrogarla con la mirada; era muy silencioso pero cuando comenzaba sus arengas al grupo estaban cargadas de energía y entusiasmo, algunas veces de inexplicable nostalgia; su voz era aguda y parecía como si aún después de haber terminado sus palabras, el espacio se quedara impregnado de su eco, de su mensaje, de todo ese magnetismo que desprendía en cada palabra que pronunciara. Cuando hablaba del presidente Balaguer, lo hacía con menosprecio, lo ridiculizaba tratándolo de títere del imperialismo yanqui, muñequito de papel, de hecho no lo veía como su objetivo final, como el motivo de su guerra, sino más bien como una batalla más, un obstáculo que debía derribar. Pero la impredecible vida, ella que todo lo puede y todo lo transforma, hasta el pensamiento y la forma de ver la realidad cotidiana, lo colocaría en un futuro no muy lejano, colaborando con ese, su adversario político, Dr. Joaquín Balaguer. El color bronceado de su piel, indio claro, como decía su cédula, le hacía estar bien con Dios y con el Diablo, pues era aceptado indistintamente, en cualquier grupo social y étnico en que se moviera.
Lucia lo miró, con la misma curiosidad con que el a ella, por algún motivo ella, que se moría de miedo minutos antes, había perdido la timidez, y la dulzura de sus bellos ojos se enrareció de tal manera que si los ojos de Alonso mostraban desconfianza, los de ella mostraban desafío, confrontación y una rebeldía que hicieron que por primera vez la mirada altiva del líder del grupo fuera avasallada, subyugada por la de esa pequeña iniciada llamada Lucia María Fernández Guzmán.
Las propuestas expuestas aquella noche eran tan disímiles, abarcando un abanico tan amplio que iba desde la colocación de bomba en las cabeceras del puente Duarte, el envenenamiento de las aguas del acueducto de Santo Domingo, sabotaje eléctrico, el secuestro de alguien influyente en la política local, de un importante hombre de negocio o de uno de sus familiares. Siendo esta última la que parecía más viable y menos riesgosa y al final de la jornada, que se extendió hasta las 9:30 PM, fue apoyada por todos, de tal manera que los preparativos para dicha operación se iniciarían al día siguiente. Estos preparativos iban desde la ubicación y elección de la víctima, el método de rapto a utilizar, las exigencias de rescate que se harían al gobierno o a los afectados, el lugar donde sería llevado el rehén, etc.
Al día siguiente estaba resuelto la parte concerniente de quien sería secuestrado, surgiendo un nombre: Rogelio Espaillat Suero, hijo de un acaudalado comerciante de origen español, de unos veinte y dos años de edad, que recién llegaba al país después de finalizar sus estudios de administración de empresas en una prestigiosa universidad norteamericana. El plan a seguir era acercarse lentamente al joven, de manera que este se sintiera en confianza con alguien del grupo, para luego ser arrastrado a una emboscada que culminaría con el secuestro. Para ello, Marcos, con toda la calma que le caracterizaba, propuso que Lucia actuara como carnada acercándose al joven aprovechando que este se había hecho cargo en gran medida del negocio del padre, una mediana ferretería que realizaba también tareas de importación de mercancía e insumos para la industria de la construcción. El objetivo debía ser alcanzado en una semana, contada a partir del primer acercamiento de Lucia con el joven comerciante, para de esta forma evitar que naciera en Lucia cualquier sentimiento de afecto hacia Rogelio que pudiera entorpecer el plan concebido. Para el 14 de abril, día en que moría Sagrario Díaz, ya Lucia había estado en contacto con Rogelio por unos cuatro días, de manera que el segundo paso debía llevarse a cabo a más tardar del 18 al 19 de abril. Por una de esas razones que nunca podemos ni queremos explicar, Lucia le insinuó a Rogelio que se ausentara de la ciudad de Santo Domingo por unas semanas porque ella no quería seguir sintiendo lo que comenzaba a nacer en ella y que ambos, ella y el, sabían que era un sueño imposible, por ser el un pequeño burgués y ella la hija de un profesional que tenía que cumplir horarios para sostener la familia. El sonrió.
-Lo que estas sintiendo, yo también lo estoy sintiendo, dijo Rogelio besándole los labios, y si tengo que dejarlo todo y convertirme en un anarquista, en un nuevo Che Guevara, me dejaré la desordenada barba y me iré tras de ti, en busca de nuestra montaña. Ella lo abrazó, y devolviéndole el beso con otro beso, murmuro, -vete, por mi, vete. Aquella noche fueron uno solo, ella acorralada en sus brazos, el entrando lentamente, delicadamente en las inexplicables aguas del amor, ciertamente que Rogelio buscó, como un guerrillero solitario embriagado de placer, los montes que adornaban el hermoso cuerpo de quien aquella noche se convertía en su mujer, ella solo pudo suspirar mientras peinaba con dulzura los cabellos de su amado.
Cuando la pequeña revolucionaria se hizo mujer, aquella noche, aquella misma noche olvidó, y esta vez casi para siempre, sus más preciados sueños de héroe anónimo, que estuvo rondando por su cabeza, olvidó las vigilias, las reuniones clandestinas; y ese extraño presentimiento, esa extraña sensación que recorría su cuerpo cuando alguien desconocido le miraba sintiéndose culpable de nada, comenzaría poco a poco a desvanecerse en el infinito espacio. Olvidó a los agentes del DNI, a los llamados calies, que rondaban por todas partes, y que se vestían, unas veces de anarquistas revolucionarios, otras de mansas ovejas sin guía, y otras muchas de apuestos jóvenes de cara dura. Lucia inmersa en las agitadas y confusas olas del amor, develó a su amante, parte de la trama de la que ella formaba parte, los ojos de Rogelio se iluminaron llenos de felicidad, una sonrisa llena de malevolencia transfiguró su apacible rostro. Una sola pregunta fue hecha por el, velada de tal forma que Lucia nunca sospecho que fuera una pregunta.
-No te creo, ni existe ese grupo, ni creo que tu, esa hermosa y tierna mujer que acabo de tener en mis brazos sería capaz de lastimar a alguien, ni tampoco existe ese lugar de reuniones clandestinas, dijo prosiguiendo luego de secar sus labios con la mano, nada es cierto ni el grupo, ni las reuniones, ni esa casa ubicada en ningún lugar, en ninguna calle, en ninguna dirección, nada existe.
-Piensa lo que quieras, dijo Lucia desafiante, pero nunca digas cuando estemos en el lugar de tu encierro, que no te lo advertí, ni te atrevas a insinuar que nos amamos.
Aquella noche, que pudo ser interminable, hizo indescifrable el juego de la vida, llenó de enigmas la conciencia humana y de perversas ignominias las actuaciones de los hombres. Aquella noche y todas sus estrellas repartidas en el oscurecido cielo, fue prorrateando indistintamente, el dolor, la traición el falso amor y todas esas actuaciones que con tanta frecuencia cultiva el suelo de las relaciones humanas, llenándola de hipocresía.
La mañana comenzaba enrarecida, las nubes evitando que los rayos solares besaran las calles humedecidas por la llovizna matinal. La primavera dominicana llenaba de colores el amanecer y a la vez ensombrecía la claridad del día con el inestable clima, colocando un velo grisáceo sobre los cálidos rayos solares. La ingenua Lucia, saludó a Marcos con un fuerte abrazo cuando este pasó por su casa para llegar juntos a la última reunión antes de llevar a cabo el secuestro, el ambiente estaba cargado de nerviosismo, ahora comenzaban a entender los jóvenes, que el tiempo, a quien Alonso llamaba el gran sabio del mundo, que todo lo descubre y desmistifica, estaba en su contra, era el tiempo su verdadero enemigo. Nada estaba realmente listo para la hora cero, nadie estaba totalmente seguro del momento en que debía actuarse, y nadie, solo el tiempo sabría el desenlace final de los hechos.
-Escuchen, dijo secamente Alonso, sus pequeños ojos que muchas veces el hacía que miraran por encima de los lentes, se detuvieron en cada uno de los compañeros, la hora se acerca, nuestra cita con el destino, esa cita que nos ha llenado de emoción, desviviendo en cada noche en espera de cada minuto, de cada segundo agitando nuestros corazones, a tocado nuestras puertas y hemos de abrirla para llevar a cabo nuestra obra y hacer llegar, poco a poco, el mensaje, la certeza de que se puede, a todos los hogares de nuestra gente humilde, se puede luchar contra el imperialismo y derrotarlo con sus propias armas. Sus palabras fueron llenando el espacio y los corazones de cada uno de los compañeros comenzaron a latir, con más velocidad cada vez.
-En las próximas horas, continuó diciendo, estaré realizando reuniones con los principales miembros de la izquierda revolucionaria, de la izquierda combativa, de la izquierda enemiga de la opresión y de las desigualdades sociales, de tal manera que nuestro próximo encuentro será en el lugar señalado a la hora señalada. Compañeros el futuro nos pertenece.
Con esas palabras Alonso se despidió del grupo, el silencio comenzó a rondar en el enorme espacio donde se encontraban los futuros combatientes. Solamente el estruendo causado por la abertura violenta de la puerta principal detuvo aquel horripilante silencio, el nerviosismo latente entre los jóvenes se convirtió en temor, en cuestión de segundos la oficina principal fue asaltada por militares portando armas largas, que fueron usadas inmediatamente sobre los paralizados revolucionarios, no hubo tiempo para sorpresas, no hubo tiempo para reacciones, ni siquiera para levantar las manos en señal de rendimiento, de sumisión. Las balas y la sangre escribieron su historia sobre los seis jóvenes de abril que quedaron en la hermosa casa de la calle Santiago, y aquel estridente repicar de las armas fue apagado por el humo, el olor a sangre y ese mirar silencioso de los moradores que no quisieron enterarse de nada.
La muerte, lo único seguro que tenemos se recostó sobre las paredes rojas humedecidas con sangre, desplomándose sobre los rojizos mosaicos, totalmente inmóvil, el eco del dolor no salió de aquella habitación, sobrecogido por el triste e inhumano desenlace, abatido por las traiciones mezquinas develadas en las murmuraciones porvenir. Seguramente brotaran las canciones alimentadas por el dolor y las lágrimas futuras. Seguramente retoñaran las canciones en busca de un sueño, en busca de un hombre realmente libre. Quien lo sabe, solo el tiempo.
Ramón J. Olio Guzmán
La primera vez que ella lloraba por un desconocido, fue en aquel agitado y desconcertante atardecer en que los hechos se sucedieron uno tras otro con una prontitud, con una celeridad, que hasta un hombre con el temple de acero también se hubiera sentido tan confundido como lo estaba la joven Lucia, sus trémulas manos se aferraban a las desgastadas libretas, mientras la escurridiza cartera iba y venía estremecida por el agitado paso de ella. El nudo en la garganta, el molestoso humo tanto de las gomas incendiadas así como de las bombas lacrimógenas que incesantemente eran lanzadas por los agentes de la policía que comenzaban a ocupar paulatinamente el recinto universitario en busca, supuestamente de armas que se estaban guardando por grupos de izquierda en la ciudad universitaria, la estremecida multitud de la que ella formaba parte, aglomerándose en las principales salidas, las más seguras para salir sin ser apresado o ser heridos por las balas que eran disparadas por los agentes del orden, hacia inalcanzable el lento paso de el tiempo. Muchos de los estudiantes caían en el agobiado terreno donde las rápidas pisadas marcaban en los debilitados cuerpos caídos y en el terreno mismo, el nerviosismo, el inexplicable deseo de escapar hacia ningún lugar. Cuando al fin pudo escurrirse por la parte de atrás del Aula Magna, la oscuridad maliciosa, se había apoderado del entorno, llenándolo de fantasmas vestidos de policías, el nudo en la garganta le había resecado los hermosos labios, pero ya el molestoso ardor de aquellos gases iba desapareciendo poco a poco, hasta ser olvidado por completo por Lucia.
Su paso ya no tenía la celeridad de cuando aun estaba atrapada en la universidad, el pensamiento agitado, fugaz de hace apenas unos minutos, se transformó en aquella melodía, que para ella era casi un himno, un grito de guerra: Ay mi ciudad, ciudad universitaria, tengo miedo de ti, y de tus des-alegrías, ay mi ciudad, ciudad universitaria, quien ha puesto detrás de cada flor, un policía. Le parecía estar sentada en una liberada plazoleta escuchando de la cantante puertorriqueña Mona Marti esa canción, y aunque parezca una incongruencia, se sentía llena de paz, llena de casi amor, de casi perdón.
Su llegada a la casa fue lenta, pero aquella sensación de agitación, de temor, e inclusive el aparente odio hacía los uniformados que despertó en ella, había desaparecido, como si nunca hubiera existido, de hecho siempre le pasaba igual, aunque el recelo que experimentaba cada vez que veía a un policía fue aumentando en una espiral interminable. Aun así, en ese momento todo era parte del pasado, ahora podía ver su calle tan cerca de ella, que le parecía poder tocarla con las manos, vino a su mente, sus padres, deben estar preocupados pensó, entonces comenzó a correr tan rápido como lo había hecho en la universidad, sólo que ahora una sonrisa se dibujaba en su rostro, quería abrazar a su madre, besar a su padre y decirle que les quería mientras ellos le peinaban su hermosa cabellera y secaban sus lágrimas en la felicidad de tenerla sana y salva como decía su madre Antonia, cuando pasaban esos desordenes en la universidad.
Sus padres inmóviles, como efigies entrelazadas por sus trémulas manos, sin pestañar, sin decir palabras, y con ese nudo en la garganta que ni el silencio hubiera podido salir de aquellos labios, la esperaban pacientemente en la galería, algunas veces Manuel, el padre de Lucia trataba de escribir con uno de sus dedos el nombre de su hija en el pasamano de la galería; Antonia, con dificultad detenía las lágrimas que se apresuraban sobre sus enrojecidos ojos color negro, pasando su mano con lentitud sobre ellos. Al fin reconocieron el caminar presuroso de su querida Lucia, una sonrisa comenzó a trazarse en los labios de ambos y también las retenidas lágrimas comenzaron a fluir libremente, no solo de los ojos de Manuel y Antonia sino también de Lucia. La felicidad era inmensa, los agitados corazones iniciaron su dialogo secreto y la pequeña Lucia se sentía tan segura, tan querida, que aquellos momentos eran para ella el significado real de la vida, aquellos pequeños momentos lo eran todo para ella.
-Estábamos tan asustados Lucia, dijo Antonia, mientras secaba las lágrimas del rostro de su pequeña niña, y más cuando supimos que había caído herida la joven esa, coma se llama, Sagrario Díaz.
-Que mamá, quien cayó herida, preguntó Lucia, mirando a su madre con curiosidad, en su frente se marcó toda la duda, todo el dolor y la tristeza que pudiera soportar. Nunca pensó la joven que ese 4 de abril de 1972 sería decisivo en el cambio que experimentaría su forma de ser, su forma de actuar, su forma de ver la sociedad, las luchas sociales y el enfrentamiento que hasta ese momento le parecía innecesario, con las autoridades, los agentes del orden y los agentes paramilitares que convivían en la sociedad dominicana.
La ocupación de la universidad duraría unos dos meses y el estado de coma de la joven estudiante Sagrario Díaz se extendería hasta el 14 de abril de ese mismo año, cuando fallecía. Para Lucia fueron los diez días más lentos que jamás hubiera vivido, las noches eran interminables y los días eran inmensamente tristes y confusos. Muchos de esos días los pasó en las interminables vigilias efectuadas en la clínica Gómez Patiño, donde estaba interna y moriría la mártir, diez días después. En una de esas tardes de primavera conoció a varios estudiantes miembros del MPD, del desaparecido movimiento 14 de junio (1J4) y otros grupos de izquierda que la irían introduciendo en el mundo revolucionario que imperaba en la época. Marcos e Ileana, fueron los que más influyeron en ella y se mantendría a su lado, hasta hacerla parte de un grupo tan radical, y de tanta agresividad como los que el 24 de marzo del 1970 habían secuestrado al agregado militar de la embajada estadounidense Donald Crowley, consiguiendo la liberta de varios compañeros revolucionarios, entre ellos el conocido Maximiliano Gómez alias “el moreno”, quien moriría un año más tarde el 23 de marzo del 1971 en su exilio de Bruselas, producto aparentemente, de una conspiración. Esa era la meta vencer al enemigo con espectaculares golpes de mano, que le debilitaran y le hicieran perderle el respeto. La lucha era desigual, pero el entusiasmo haría la diferencia.
Lucia, llena de sueños de libertad para su pueblo, entendía que era su momento de entrar en la historia dominicana haciendo ese sacrificio de entrega total para llevarle a su gente, “a las sufridas masas desprotegidas y empobrecidas, agobiado por los abusos de poder, la paz, la alegría y toda la libertad que el pueblo mismo por medio de un gobierno netamente popular, salido de sus entrañas, podría darse”. El tiempo es nuestro, pensó, cerrando sus ojos, totalmente convencida.
Cuando el sol intentaba tropezar con lo que parecía ser el final de la avenida, dándole un matiz anaranjado al hasta entonces azulado cielo y enrojeciendo el entorno de las blancas y grisáceas nubes, Ileana se hincó frente a Lucia, que estuvo sentada por largo rato en el contén de la avenida Independencia, donde otros jóvenes le acompañaban y donde las eternas caobas hacían su guardia de honor a cada lado de la vía, Ileana posó sus manos sobre las rodillas de Lucia invitándola a una reunión decisiva para el grupo que se efectuaría al finalizar la tarde, en ella se trazarían unas metas que, en el menor de los casos tendrían que conseguirse por lo menos en un ochenta por ciento.
El caminar de las jóvenes fue silencioso, ceremonioso, cabizbajas las compañeras llegaron hasta el lugar de la cita, una casa de madera de estilo victoriano situada en la calle Santiago ubicada más al norte y corriendo en la misma dirección, este-oeste que la avenida Independencia que era donde se localizaba la clínica donde se encontraba recluida en estado de coma la estudiante Díaz. La citada casa estaba adornada por un hermoso jardín donde podían verse desde frondosos laureles, rosales de rosas rojas, amarillas y rosadas, hasta una gran variedad de escrotos y árboles frutales como cerezas, naranjas y cajuilitos que eran las delicias de los aves que frecuentaban aquel lugar durante todo el día y de los mozalbetes de sector de Gazcue, que salpicaban de semillas y residuos de frutos la hierba del inmenso vergel. Los mosaicos rojos con betas rosadas, blancas y negras que cubrían la inmensa galería estaban salpicadas de reflejos producidos por las azulinas luces de la calle que ya para esa hora, las 7:23 PM, estaban encendidas dejando caer sus destellos sobre los pisos, las paredes y los verduscos follajes de los árboles. Un murmullo se alcanzaba a escuchar en el interior de la vivienda y un olor a cigarrillo e incienso se percibía en el espacio. Lucia no pudo ocultar su temor, sus manos comenzaron a temblar mientras sus ojos de un verde claro, se fueron fijando en cada pared, en cada adorno, en cada luminaria que encontraran en su inusual recorrido, parecía como si quisiera guardar en su memoria aquel espacio, aquellos diferentes ambientes que se les iban presentando, Ileana le apretó la mano, sintiendo al tocarla como si hubiera tocado la mano de una muerta, el frío de aquellas manos salpicaron de miedo a la aguerrida Ileana, quien trató de calmarla con una caricia sobre la cabellera de la iniciada joven.
-No te asuste Lucia, somos tus amigos y queremos lo mejor para ti, y para nuestra gente, por eso luchamos, dijo Ileana, sonriéndole con ternura. Lucia apretó la mano de su compañera reciprocándole la sonrisa con otra sonrisa.
-Llegaron, se escuchó una queda voz murmurar en uno de los pasillos de la casa. Lucia posó su mirada en la incipiente barba de Ernesto, este apretó su boca en un gesto que quiso ser saludo, quedándose en mueca, ella buscó refugio en los ojos de Ileana, quien la besó en la mejilla, mientras pellizcaba al odioso de Ernesto por la barriga, el instintivamente apartó su cuerpo de las serpentinas manos de la comandante Ileana, como a ella le gustaba que le dijeran.
Ernesto les abrió la puerta de la habitación donde se había improvisado una oficina en la que frecuentemente se realizaban las reuniones del grupo, en las paredes, pintadas de un rojo molestoso, se veían enormes fotos del che Guevara, el comandante Castro, ambos con traje de camuflaje, y los dirigentes emepedeistas Manolo Tavárez y Amín Abel. Marcos se puso de pie saludando a las jóvenes que se integraban a la reunión, aprovechando para presentar a la catequizada Lucia al grupo, todos la miraron, y en un hierático pero silencioso acto fue acogida con entusiasmo por todos. En total eran siete personas las que se encontraban en la espaciosa habitación en aquel momento: Lucia, Ileana, Marcos con la colilla de un cigarrillo Constanza en su boca, sus ojos grandes y negros parecían hablar, Ernesto con su incipiente barba que nunca terminaba de crecer, sus cabellos rojizo y crespo le dieron el alias de javao, Ernesto el javao, así le llamaban todos, Manuel, José y Milo Arias, los tres hermanos, inseparables en las buenas y las malas, que eran las más, y Alonso que desempeñaba las funciones de dirigente del grupo, sus lentes de gruesos cristales le daban un aspecto de inteligencia que el aprovechaba al máximo haciendo que sus ideas fueran en la mayoría de las ocasiones aceptadas sin dificultad, por más descabellada que fueran, a sus palabras solo le faltaban el estribillo religioso de amén al final. Era delgado y alto, de unos seis pies de estatura que le daban un aspecto enfermizo aunque no fuera el caso. Sus brazos cuando señalaban algo se extendían de tal manera que parecía que alcanzaría el cielo si lo quisiera, al final de la mano como extensión de la misma, se veía inquieto un enorme tabaco, humeante como siempre. Era un cerdo, decían las mujeres que habían compartido con el, pues entendía que las mujeres eran eso, mujeres, una excusa para pasar el rato, el camino para aumentar el número de pobres, y por ende más combatientes para su guerra, “para su gesta heroica en contra del imperialismo y de la oligarquía explotadora e insaciable”. Vestido con camisa militar y pantalones de jeans miró a la joven con desconfianza, sus ojos se fijaron en los de ella tratando de interrogarla con la mirada; era muy silencioso pero cuando comenzaba sus arengas al grupo estaban cargadas de energía y entusiasmo, algunas veces de inexplicable nostalgia; su voz era aguda y parecía como si aún después de haber terminado sus palabras, el espacio se quedara impregnado de su eco, de su mensaje, de todo ese magnetismo que desprendía en cada palabra que pronunciara. Cuando hablaba del presidente Balaguer, lo hacía con menosprecio, lo ridiculizaba tratándolo de títere del imperialismo yanqui, muñequito de papel, de hecho no lo veía como su objetivo final, como el motivo de su guerra, sino más bien como una batalla más, un obstáculo que debía derribar. Pero la impredecible vida, ella que todo lo puede y todo lo transforma, hasta el pensamiento y la forma de ver la realidad cotidiana, lo colocaría en un futuro no muy lejano, colaborando con ese, su adversario político, Dr. Joaquín Balaguer. El color bronceado de su piel, indio claro, como decía su cédula, le hacía estar bien con Dios y con el Diablo, pues era aceptado indistintamente, en cualquier grupo social y étnico en que se moviera.
Lucia lo miró, con la misma curiosidad con que el a ella, por algún motivo ella, que se moría de miedo minutos antes, había perdido la timidez, y la dulzura de sus bellos ojos se enrareció de tal manera que si los ojos de Alonso mostraban desconfianza, los de ella mostraban desafío, confrontación y una rebeldía que hicieron que por primera vez la mirada altiva del líder del grupo fuera avasallada, subyugada por la de esa pequeña iniciada llamada Lucia María Fernández Guzmán.
Las propuestas expuestas aquella noche eran tan disímiles, abarcando un abanico tan amplio que iba desde la colocación de bomba en las cabeceras del puente Duarte, el envenenamiento de las aguas del acueducto de Santo Domingo, sabotaje eléctrico, el secuestro de alguien influyente en la política local, de un importante hombre de negocio o de uno de sus familiares. Siendo esta última la que parecía más viable y menos riesgosa y al final de la jornada, que se extendió hasta las 9:30 PM, fue apoyada por todos, de tal manera que los preparativos para dicha operación se iniciarían al día siguiente. Estos preparativos iban desde la ubicación y elección de la víctima, el método de rapto a utilizar, las exigencias de rescate que se harían al gobierno o a los afectados, el lugar donde sería llevado el rehén, etc.
Al día siguiente estaba resuelto la parte concerniente de quien sería secuestrado, surgiendo un nombre: Rogelio Espaillat Suero, hijo de un acaudalado comerciante de origen español, de unos veinte y dos años de edad, que recién llegaba al país después de finalizar sus estudios de administración de empresas en una prestigiosa universidad norteamericana. El plan a seguir era acercarse lentamente al joven, de manera que este se sintiera en confianza con alguien del grupo, para luego ser arrastrado a una emboscada que culminaría con el secuestro. Para ello, Marcos, con toda la calma que le caracterizaba, propuso que Lucia actuara como carnada acercándose al joven aprovechando que este se había hecho cargo en gran medida del negocio del padre, una mediana ferretería que realizaba también tareas de importación de mercancía e insumos para la industria de la construcción. El objetivo debía ser alcanzado en una semana, contada a partir del primer acercamiento de Lucia con el joven comerciante, para de esta forma evitar que naciera en Lucia cualquier sentimiento de afecto hacia Rogelio que pudiera entorpecer el plan concebido. Para el 14 de abril, día en que moría Sagrario Díaz, ya Lucia había estado en contacto con Rogelio por unos cuatro días, de manera que el segundo paso debía llevarse a cabo a más tardar del 18 al 19 de abril. Por una de esas razones que nunca podemos ni queremos explicar, Lucia le insinuó a Rogelio que se ausentara de la ciudad de Santo Domingo por unas semanas porque ella no quería seguir sintiendo lo que comenzaba a nacer en ella y que ambos, ella y el, sabían que era un sueño imposible, por ser el un pequeño burgués y ella la hija de un profesional que tenía que cumplir horarios para sostener la familia. El sonrió.
-Lo que estas sintiendo, yo también lo estoy sintiendo, dijo Rogelio besándole los labios, y si tengo que dejarlo todo y convertirme en un anarquista, en un nuevo Che Guevara, me dejaré la desordenada barba y me iré tras de ti, en busca de nuestra montaña. Ella lo abrazó, y devolviéndole el beso con otro beso, murmuro, -vete, por mi, vete. Aquella noche fueron uno solo, ella acorralada en sus brazos, el entrando lentamente, delicadamente en las inexplicables aguas del amor, ciertamente que Rogelio buscó, como un guerrillero solitario embriagado de placer, los montes que adornaban el hermoso cuerpo de quien aquella noche se convertía en su mujer, ella solo pudo suspirar mientras peinaba con dulzura los cabellos de su amado.
Cuando la pequeña revolucionaria se hizo mujer, aquella noche, aquella misma noche olvidó, y esta vez casi para siempre, sus más preciados sueños de héroe anónimo, que estuvo rondando por su cabeza, olvidó las vigilias, las reuniones clandestinas; y ese extraño presentimiento, esa extraña sensación que recorría su cuerpo cuando alguien desconocido le miraba sintiéndose culpable de nada, comenzaría poco a poco a desvanecerse en el infinito espacio. Olvidó a los agentes del DNI, a los llamados calies, que rondaban por todas partes, y que se vestían, unas veces de anarquistas revolucionarios, otras de mansas ovejas sin guía, y otras muchas de apuestos jóvenes de cara dura. Lucia inmersa en las agitadas y confusas olas del amor, develó a su amante, parte de la trama de la que ella formaba parte, los ojos de Rogelio se iluminaron llenos de felicidad, una sonrisa llena de malevolencia transfiguró su apacible rostro. Una sola pregunta fue hecha por el, velada de tal forma que Lucia nunca sospecho que fuera una pregunta.
-No te creo, ni existe ese grupo, ni creo que tu, esa hermosa y tierna mujer que acabo de tener en mis brazos sería capaz de lastimar a alguien, ni tampoco existe ese lugar de reuniones clandestinas, dijo prosiguiendo luego de secar sus labios con la mano, nada es cierto ni el grupo, ni las reuniones, ni esa casa ubicada en ningún lugar, en ninguna calle, en ninguna dirección, nada existe.
-Piensa lo que quieras, dijo Lucia desafiante, pero nunca digas cuando estemos en el lugar de tu encierro, que no te lo advertí, ni te atrevas a insinuar que nos amamos.
Aquella noche, que pudo ser interminable, hizo indescifrable el juego de la vida, llenó de enigmas la conciencia humana y de perversas ignominias las actuaciones de los hombres. Aquella noche y todas sus estrellas repartidas en el oscurecido cielo, fue prorrateando indistintamente, el dolor, la traición el falso amor y todas esas actuaciones que con tanta frecuencia cultiva el suelo de las relaciones humanas, llenándola de hipocresía.
La mañana comenzaba enrarecida, las nubes evitando que los rayos solares besaran las calles humedecidas por la llovizna matinal. La primavera dominicana llenaba de colores el amanecer y a la vez ensombrecía la claridad del día con el inestable clima, colocando un velo grisáceo sobre los cálidos rayos solares. La ingenua Lucia, saludó a Marcos con un fuerte abrazo cuando este pasó por su casa para llegar juntos a la última reunión antes de llevar a cabo el secuestro, el ambiente estaba cargado de nerviosismo, ahora comenzaban a entender los jóvenes, que el tiempo, a quien Alonso llamaba el gran sabio del mundo, que todo lo descubre y desmistifica, estaba en su contra, era el tiempo su verdadero enemigo. Nada estaba realmente listo para la hora cero, nadie estaba totalmente seguro del momento en que debía actuarse, y nadie, solo el tiempo sabría el desenlace final de los hechos.
-Escuchen, dijo secamente Alonso, sus pequeños ojos que muchas veces el hacía que miraran por encima de los lentes, se detuvieron en cada uno de los compañeros, la hora se acerca, nuestra cita con el destino, esa cita que nos ha llenado de emoción, desviviendo en cada noche en espera de cada minuto, de cada segundo agitando nuestros corazones, a tocado nuestras puertas y hemos de abrirla para llevar a cabo nuestra obra y hacer llegar, poco a poco, el mensaje, la certeza de que se puede, a todos los hogares de nuestra gente humilde, se puede luchar contra el imperialismo y derrotarlo con sus propias armas. Sus palabras fueron llenando el espacio y los corazones de cada uno de los compañeros comenzaron a latir, con más velocidad cada vez.
-En las próximas horas, continuó diciendo, estaré realizando reuniones con los principales miembros de la izquierda revolucionaria, de la izquierda combativa, de la izquierda enemiga de la opresión y de las desigualdades sociales, de tal manera que nuestro próximo encuentro será en el lugar señalado a la hora señalada. Compañeros el futuro nos pertenece.
Con esas palabras Alonso se despidió del grupo, el silencio comenzó a rondar en el enorme espacio donde se encontraban los futuros combatientes. Solamente el estruendo causado por la abertura violenta de la puerta principal detuvo aquel horripilante silencio, el nerviosismo latente entre los jóvenes se convirtió en temor, en cuestión de segundos la oficina principal fue asaltada por militares portando armas largas, que fueron usadas inmediatamente sobre los paralizados revolucionarios, no hubo tiempo para sorpresas, no hubo tiempo para reacciones, ni siquiera para levantar las manos en señal de rendimiento, de sumisión. Las balas y la sangre escribieron su historia sobre los seis jóvenes de abril que quedaron en la hermosa casa de la calle Santiago, y aquel estridente repicar de las armas fue apagado por el humo, el olor a sangre y ese mirar silencioso de los moradores que no quisieron enterarse de nada.
La muerte, lo único seguro que tenemos se recostó sobre las paredes rojas humedecidas con sangre, desplomándose sobre los rojizos mosaicos, totalmente inmóvil, el eco del dolor no salió de aquella habitación, sobrecogido por el triste e inhumano desenlace, abatido por las traiciones mezquinas develadas en las murmuraciones porvenir. Seguramente brotaran las canciones alimentadas por el dolor y las lágrimas futuras. Seguramente retoñaran las canciones en busca de un sueño, en busca de un hombre realmente libre. Quien lo sabe, solo el tiempo.
Ramón J. Olio Guzmán
